Una noche más hermanos

Una noche con todos los ingredientes para ser inolvidable. Un recuerdo que recoge la aventura de la fiesta y nos devuelve a lo que eran los viernes en la noche antes de la pandemia. Un par de primos que se hicieron más hermanos.

Por Mateo Cabellero | Febrero 11, 2021

Cuando recuerdo el 2019, desde esta actual existencia dislocada, son más los vagos recuerdos de desdichas y episodios de ansiedad —que me hacían asaltar el refrigerador los domingos en la tarde—, que  los buenos momentos, pero sin duda, beber algunos tragos y bailar, aceitar los pasos prohibidos en medio de la pista, fueron parte de los buenos momentos de ese año. Durante el  2020 yo asistí a pocas “reuniones” debido a  todo el tema de la covid,  el inquietante virus había cambiado la vida y con ella la rumba y su mundo. Fue un año escaso en eventos y las discotecas se encontraban cerradas, lo que significó rumbear en la clandestinidad o en la comodidad del hogar que no terminaba por convencer. Así, el panorama del año pasado fue pobre en experiencias, por eso —en mi estreno como bloguero de Waro—, no hablaré del hoy, sino del ayer.  

Por aquellos días regalaba mi tiempo en un call center de garaje ubicado en el ostentoso sector de la 93. Apenas me permitía responder por el pago del apartamento y vivir de los cómodos precios que ofrecía el D1. Me encontraba sometido a una jornada de diez horas entre semana —porque tres sábados al mes trabajábamos media jornada—, unos en la mañana y otros en la tarde.  Éramos pocos en aquel apartamento adecuado burdamente para ser un centro de operaciones, aplicaba el dicho… “pueblo pequeño, infierno grande”. En el primer mes muchos  de mis compañeros me tomaron tanta confianza —esto sucede por mi aspecto mentiroso de seriedad empedernida—, que  me di cuenta del caos que se vivía allí adentro. Pero no puedo decir algo malo ni me puedo quejar, paradójicamente la empresa y sus pésimas condiciones quedaban de lado por lo interesante que era la convivencia que se creaba en el horario de trabajo. Además de mencionar que la exigencia de la rutina, me distraía de los bajones de ánimo que me provocaba el vacío de una ruptura amorosa. No hay mal que por  bien no venga, dirían por ahí. 

Tal vez por eso extraño las rumbas y el fulgor de su desorden con olor a cigarrillo. El mismo año que yo no encontraba que hacer para reparar mi corazón roto,  Karol G y Nicki Minaj si encontraron la manera, y claro, el cantante de moda para tomar aguardiente, Christian Nodal y su tema de oro: De los besos que te di. Para el segundo viernes de julio, yo completaba mi primer mes en el trabajo y me preparaba para mi primer pago de nómina. Era la primera vez, en mi escasa vida laboral, que me iban a pagar en efectivo y ya mis compañeros me tenían planilladoen la cantina más “económica” de la 93, lo cual me parecía un despropósito pagar una Poker en $5.000 pesos,  cuando en mi día a día no tenía lukaspa’ ni mierda. Pero allá fui a parar, motivado ingenuamente, un poco, por las míticas historias que habían cosechado antes de mi ingreso y las cuales me contaban mientras atendíamos clientes ofuscados. 

La tarde de los viernes en Bogotá siempre está cargada de placeres y son más enredadores cuando tienes un seductor fajo de billetes en el bolsillo, la sed de calmar la tusa es más difícil de ignorar, y yo fui víctima de eso y mi poca voluntad. Me sentía motivado de perderme en los devenires de la noche, me quemaba la intención de ser el protagonista de una experiencia para recordar en fragmentos mientras sobrevivía al guayabo del otro día en la intimidad de mi alcoba —como en aquellas películas de Zac Efron donde al final de la noche larga, se marchaba a su apartamento con la chica más guapa de la fiesta y en la mañana le pide que se vaya—. Una vez el reloj del computador marcó las 6:00 p.m tomé camino con algunos compañeros a “la cantina del desparche”, como la bautizaríamos en las siguientes salidas.  De camino hicimos una parada breve en el Parque El Virrey, lugar predilecto por todos los marihuaneros de por ahí, para dar de bajaa un humilde porro que nos sintonizara con la pueril noche y su alboroto. Luego, caminamos dos cuadras más hasta llegar. Lo agradable del lugar eran sus mesas pequeñas y redondas ubicadas en el exterior del cuerpo de la tienda, lo cual hacía más llevable la conversación en medio de ruidos tan altos y  el fresco de la tarde.    

Las lunas y las estrellas sabían lo que me deparaba el destino ese día de suspiros rotos. A mitad de la segunda cerveza, a  mi celular llegó la propuesta de la noche: Mat, cae a la Alquería que Juan Pablo se va presentar en un toque.  Era un mensaje de mi primo —que llamaré Damian en este y todos los blogs en que aparezca en adelante—, invitándome a atravesar la ciudad, salir a cazar la aventura. A pesar de que mi cuerpo pedía Bellaquita, no me negué, pues hace meses, no salía con uno de mis hermanos de toda la vida y sabía que él tampoco vivía sus mejores días, producto de una traga amarga. Me despedí en medio de burlas y reclamos amistosos. 

Tras un largo viaje en transmilenio,  siempre demorado, llegué justo al comienzo de la presentación del primo de mi primo, pero duró poco en escena por temas de la escaleta del evento. Sin embargo, en cuarenta minutos la mezcla de guitarras fuertes y buenas letras, en medio de un ambiente oscuro, decorado con cuadros de bandas legendarias, desbordó la dopamina en mi cerebro. Me sentía tan alegre como para no pensar en el mañana. 

La noche cada vez tomaba mayores expectativas. Antes de que subiera al escenario la otra banda del listado, surgió la propuesta que marcaría el camino a su cúspide de locura: “¿Nos parchamos a Theatron? Anderson está allá y me escribió que es una chimba”, me preguntó, Damian. —Seguramente, más de uno o una, antes de ir a este templo del descontrol, escucharon a algún amigo describir su experiencia como de otro nivel— Por eso no me negué. 

Ahora que escribo estas palabras —no creo en las coincidencias—, el hecho de que Anderson Arévalo, el dueño de esta iniciativa tan bacana que es Waro, haya sido la puerta para una de las mejores rumbas que he tenido en mi vida, me confirma que si hay alguien que sabe pasarla chimbaen la ciudad, es él.

El cover costaba $45.000 pesos por persona, por eso para economizar el dinero con Damian, decidimos tomar  alguna ruta de Transmilenio que pasara por la Caracas. El plan consistió en llegar a la estación de la Calle 57 y subir por el Latino Power.  Allá llegamos,  faltando poco más de media hora para las doce de la  noche.  La fiesta ya manifestaba a sus alrededores una exhibición de toda clase de bellezas. 

Antes de ingresar guardé mi maletín, donde cargaba únicamente la coca del almuerzo,  en el parqueadero que también tenían habilitado para el cuidado de objetos. En un instante, temí porque no me permitieran el acceso —porque quien me conoce sabe que habitualmente  ando de botas y chaqueta de cuero—. Pero eso solo existió en mi cabeza desbocada de intriga por entrar, porque no me pusieron ningún problema. Un vaso mediano de plástico, una manilla adhesiva, la requisa de trámite y listo: nos encontrábamos en el templo de la farra bogotana, un lugar donde la única condición era pasarla bien. Era tan grande que parecía un laberinto de sensualidad en el que las bocas se perdían para encontrarse en un beso: hombre con hombre, mujer con mujer, mujer y hombre, no importaba. No cabía un alma sola. El centro de la  primera sala explotaba en trozos de perreoal piso, lento y con esmero. En el fondo de la sala una barra ovalada repartía trago gratis,  pero la mejor parte era que como esa bomba de licor que había en la sala principal, se encontraba una similar en cada sala, para que a ningun asistente le faltara recargar el tanque durante toda la noche. Allí nos acercamos para tomar dos cocteles sabor a naranja con vodka. 

No puedo mencionar con certeza los nombres de cada una de las salas del renovado teatro. La sala principal daba paso a mil caminos que conectaban con distintas atmósferas para todo gusto. Sin embargo, a la barra llegó Anderson quien nos esperaba con toda una gallada de parcerosen otra sala más vibrante. El saludo fue corto, “¿qué se dice mi perro?”, una chocada de puños y emprendimos. Nos guío a una sala más pequeña y donde no había otro ritmo distinto al dembow, la cual caía como pedrada en ojo tuerto para mis ganas de bailar. 

El titileo de luces moradas y verdes penetraba en cada rincón del lugar. Destellos del contorneo apasionado de caderas quedaban al descubierto por breves momentos. Mujeres y hombres se comunicaban en un rito de seducción que se encerraba en cada poro de los muros del salón.  Con tanto alboroto de la multitud, se encerró un calor digno de quienes están gozando del privilegio de estar vivos, y así me contemple: estaba desinhibido de los dolores de cabeza que me ocasionaba la oficina y  bote la pena al rechazo en alguna mujer con sonrisa bonita. Anderson nos presentó a cada compañero que lo acompañaba. Mi primo fue el primero en conseguir pareja y se refundió entre los cuerpos amontonados. 

Como buenos casanovas, decidimos dar una vuelta entre la multitud Anderson y yo. En el fondo de la sala oscura, sobre unas barandas que daban con el final del lugar, una pareja de amigas que se encontraba bailando entre ellas —a una le llamaré Camila y a la otra Nicol—, bien vestidas y atractivas; una morena y otra blanca; una delgada y otra acuerpada. Ambas con una belleza singular, distintiva de cada mujer. 

El primero en acercarse fue Anderson y bajo un lenguaje corporal, Camila correspondió a su mano y se pusieron a bailar. En un sin tiempo de miradas, Nicol, de cabello lacio y piel canela, se enganchó de mi cuello y supe yo que era el momento de moverme.  Manos en la cintura, las miradas a la  misma altura, el movimiento lento de una sonrisa complacida por el tacto suave de los dedos rozando las baldías tierras de una espalda sin dueño; el bamboleo apasionado que agita  la respiración y diluye  la algarabía  del entorno. Nicol  se dio media vuelta dejando claro una cosa: era la reina de la pista y yo un mortal intentando beber de su veneno. Su cabello dejaba al descubierto el oído derecho atrapando mi aliento entrecortado. No había vuelta de página y lo supe desde que comenzamos a bailar. Se giró nuevamente y nuestros labios comenzaron a rozarse y no existía nada más.  No sé cuántas canciones sonaron, si el tiempo pasó muy lento o muy rápido, pero al desprenderme de su boca, me di cuenta que nadie conocido se encontraba cerca.  Terminó la pista, terminó el contacto de afecto embriagado entre mojados suspiros y me despedí de Nicol con la certeza de no volverla a ver y me marché.  Estaba ebrio y lo sabía, pero eso no me detuvo en mi misión de encontrar a Damian y Anderson, que nunca me fijé en que momento dejó de bailar con Camila. 

Era el momento de la madrugada en que los borrachos toman protagonismo y a mí alrededor podía ser testigo de lo vergonzoso que era caminar de lado a lado. Anduve media hora, o más, dando vueltas hasta resignarme y decidí volver al mismo punto con la certeza que tendrían que volver.  Entre un desorden de rostros sudando reconocí a mi primo en la distancia. Tranquilo por verlo, me acerqué lentamente a preguntar dónde andaba y ¡Pum! La sorpresa. A unos centímetros de llegar, Nicol, repetía el mismo repertorio que me había enseñado, instantes anteriores, pero ahora en los brazos de Damian: se estaban besando.  

La magia de Theatron  enmarca toda clase de delirios y esa es su esencia. Ya no faltaba mucho para el final de la fiesta y me dispuse a tomar con la carcajada muda de quien se ve sorprendido por la vida. No sé en qué momento se fueron las chicas, pero mi primo, sin saber lo que yo sabía, me sorprendió por la espalda, contento, mientras yo, con rostro de regocijo, degustaba de la gama de licores ofrecidos en la barra del salón. Nos despedimos de Anderson y sus amigos en la salida de la discoteca. En la espera de la apertura de la estación de Transmilenio, sentados sobre el borde del andén, casi dormidos por el desgaste del descontrol, le confesé lo sucedido entre risas e instantáneamente fuimos dos riéndonos en la madrugada. Él tampoco lo podía creer.   

Y para ustedes, ¿Cuál es la farra que más recuerdan?