Marihuana, puños y patadas

Los sentidos se agudizan en medio de guitarra y los golpeteos de una batería enojada. La noche se convierte en una licuadora de emociones que no parece acabar. Un puño inesperado como regalo del desorden.

Por Mateo Cabellero | Febrero 18, 2021

Hace unos días, me motivé a buscar nuevamente en Youtube el video del toque de punk en el que abrí la puerta de la percepción en mi vida y adivinen qué…¡Aún está el registro de esa noche de ritmos agitados y cabezas alborotadas! Lo que me invadió de nostalgia y me motivó a escoger esta como mi segunda historia en Waro. Personalmente, si hay algo que todo esto de las medidas de confinamiento me ha hecho extrañar de manera entrañable, son los pogos y su desfogue anárquico.     

Para el segundo viernes del mes de agosto del 2014, concluí mi preparación de tres días  de inducción en La Escuela Colombiana de Ingeniería —mi primera experiencia en una universidad y mi primer fracaso personal—. Por ser el último día,  la hora de salida se ordenó más temprano, lo que ocasionó que solo tuviéramos derecho a un solo receso. Tras el término de la conferencia sobre “Cómo llevar una rutina organizada” en el auditorio principal, en mi celular se acumulaban tres llamadas perdidas de Luan —hermano de Damian—. No obstante, tras unos minutos me volvió a llamar. En su voz se sentía la emoción de lo que sería esa noche de sentidos alterados: ¡Mi perrooo! Que bueno que me contestas, me acaba de llamar mi hermano avisando que Chite se va a presentar a las 6:00 p.m… si, parce, Chite… ¡Que chimba!… en La Plaza de los Periodistas. Damian, sale a las 4:00 p.m de clase y me pidió que llegara más temprano… ¡Cae con Yisus y parchamos!, fue colgar e inmediatamente llamé a Yisus: ¿marica, vas a hacer algo hoy? Porque ahora en la tarde se va presentar Chite, en el centro. Si quieres llega a mi casa, traes ropa para quedarte y apenas llegue yo, salimos. 

No era para menos la euforia de lo que estaba sucediendo: Chite es de esas bandas de punk que te desarman con su insaciable deseo de romperlo todo gracias a su crítica ácida contra un país enfermo y nunca los habíamos visto en escena. Salí corriendo a mi casa. Llegué sobre las 12:30 p.m y Yisus ya estaba esperándome. Almorzamos, me cambié los tenis por unas botas azules desgastadas, me coloqué mi chaqueta de jean, me puse mi gorro gris, lavé mis dientes y tomé $7.000 pesos para mis pasajes y comprar unas cervezas  —todo esto solo era posible cuando el pasaje en Transmilenio costaba $1.800— y arrancamos al toque.  En el portal norte tomamos el J74 con destino a las Aguas, demoramos aproximadamente una hora de viaje. Ya en la estacion, desde los torniquetes se podía entrever una clase de tarima de color blanco junto al monumento de Simón Bolivar, con apenas unos contados asistentes, nuestra misión era encontrar al resto del grupo. En unos de los puestos ambulantes de los alrededores, llamamos a Damian, pero no contestó. Una, dos y hasta tres llamadas… nada. Entonces llamamos a Luan, con quien sí corrimos con suerte: se encontraban en el prado enfrente del edificio del ICFES. 

Mientras nos acercamos, reconocimos que había alguien más aparte de mis primos, se trataba de Karen, una chica que por aquellos días salía con Damian. Entre abrazos, nos saludamos todos, era especial estar los cuatro reunidos. Nos acomodamos en el prado a esperar la presentación de Chite conforme se presentaban otra clase de agrupaciones de distintos géneros. Karen y Damian se encuentran distraídos en su romance, así que con Luan y Yisus decidimos dar una vuelta en busca de comida y algo para tomar.

Sabíamos que no podíamos tardar mucho, cada vez faltaba menos para el comienzo del baile de puños y patadas —como le llama mi mamá—, además cada vez se llenaba más el lugar de encrestados y mechudos con rostro de querer matar a alguien. Nos comimos una empanada cada uno a excepción de Luan que compró un paquete de papas. Dejamos el dinero suficiente para comprar un six-pack de Poker y nos devolvimos. 

Faltaban minutos para las cinco y no parecía que Chite fuera a tocar, un grupo de música folclórica se estaba preparando para comenzar su show. Para nuestra desdicha las cervezas no dieron un brinco y ya no había dinero. Aunque hablábamos como si nunca nos hubiéramos reunido, y los minutos pasaban amenos, Chite aún no subía a la tarima y eso nos tenía aburridos. En esa espera, la noche pasó de blanco a negro cuando Damian se encontró viejos amigos del colegio en medio del desvanecer de la tarde: Era Torres y García, dos amigos metachos con los que había estado en los legendarios Subase al Metal. 

Torres era espigado y tenía cabello ondulado hasta la espalda; mientras Garcia era de poca estatura y tenía cabello corto. Con la dicha de haberse encontrado con Damian —se notaba lo mucho que lo estiman—, por los azares de la música, este dúo dinámico, nos convidaron a todos unos tragos del popular Eduardo lll, para entrar en confianza. Mientras rotamos la botella entre todos, nos presentamos, intercambiamos palabras, risas y experiencias. Ya nos empezábamos a sintonizar con el caos de la noche. Entre chistes y chanzas ya iba una hora y media tarde la presentación de Chite y nadie decía nada, eso sí, la plaza cada vez estaba más a reventar. Karen y Damian se marcharon a buscar un baño, y en su ausencia Torres nos preguntó: ¿Se van a pegar los plones? Era la primera vez que me hacían tan particular invitación. La mirada de Luan —que era el mayor de nuestro grupo—, la mirada de Yisus y la mía, se encontraron al instante. Luan nos llamó a un lado y nos dijo: si lo hacemos, Damian no se puede enterar. Y tenía razón: Damian era en pocas palabras el responsable de nosotros y no lo iba a permitir. 

Todos estuvimos de acuerdo. Por todo mi cuerpo se cruzaban nervios, en mi cabeza pasaban todos los falsos mitos de la marihuana: es la puerta para la perdición. Volvimos con Garcia y Torres y les dijimos que de una. Garcia sacó dos cogollos verde claro y los metió en un trillador del tamaño de una moneda de mil. ¡Chrak – Chrak! ¡Chrak – Chrack! Ya no había cogollos. Destapó el trillador, abrió la mano, tomó un poco de los restos licuados de la yerba y los metió en su pipa en forma de olla. 

—¿Tienen candela?— Preguntó Garcia. No, respondimos todos a destiempo. Torres salvó la patria y nos alcanzó su briket a medio usar: usen este todo bien. El primero fue Luan: madera a la boca y aspire. En el aire brotó un humo más condensado que el de un cigarro y en seguida un feroz ataque de tos ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! … Luego fui yo. Rápido y sin dolor acerqué dos veces el fuego a la abertura de la pipa. Me secó todo, me vi obligado a escupir con la sensación de trasbocar. Entonces, se la pasé a Yisus y él terminó la ronda. Ahora, éramos tres tosiendo ¡Cof! ¡Cof! ¡Cof! Padeciendo un leve ahogo y compartiendo una necesidad insoportable de tomar algo.

Sin dudar, la sensación de la primera vez nunca se vuelve a repetir. Las volutas de humo se habían perdido en el frío de la noche, ya se iluminaba monserrate y nada que salía Chite siquiera a saludar. Entonces, sin darnos cuenta, ya no estábamos o mejor dicho,  estábamos en otro nivel de realidad. Todo a mi alrededor eran voces sin rumbo, ojos mirándome y se me despertó un hormigueo en las piernas, se sentía raro el simple hecho de caminar. Según Torres, todos teníamos los ojos locos, así que para evitar que Damian nos viera así elegimos dar una vuelta dentro de la multitud. 

No se cuanto tiempo pasó pero los minutos alcanzaron la categoría de infinitos. Era como andar en un laberinto cuyo suelo se desmoronaba en la algarabía de los presentes. Fueron tan largos los instantes de desorientación que hasta era divertida la sensación, nuestros sentidos estaban liberados y no había vuelta de página. Al volver, notamos que Damian y Karen ya estaban junto a Torres y Garcia. Es inevitable disimular la traba y más la primera traba. Entonces el caos de la noche tomó matices más allá del placer de los efectos de la marihuana: Damian nos había visto y se encontraba decepcionado.      

Las disculpas no fueron suficientes ni prometer que jamás se iba a repetir —lo cual era lógico que no se iba a cumplir—, pero a nuestro auxilio apareció el golpeteo desenfrenado de Dario Bernal, el batero de Chite, y de inmediato se soltó el escenario: mi vida a nadie le importa… ni el camino que llevo, mi vida a nadie le importa… ni el camino que llevo, a nadie le pido… a nadie le debo… y aunque no me crean con todos me llevo… yo vago en el mundo yo soy vagabundo…. Y no hubo más tiempo para remordimientos. 

Los cuatro, abrazados, nos metimos al círculo de la vida y la muerte: al pogo. No había letra que no conociéramos, estábamos viviendo y los sabíamos. Sin embargo, era tanto el voltaje de lo que estaba sucediendo a nuestro alrededor que fue imposible seguir abrazados. Ya no tenía a ninguno de mis primos junto a mí, me encontraba contra la corriente, lanzando patadas y puños como un desinhibido, procurando no botar mi gorro gris y gritando: Nuncaaa tendré…vida social normaaal…Por confiaaaaaaar.. en el Punk.  

Ya no tenía aire, ni fuerza para mantenerme a la par de la vehemencia de la voz con la que  Juan Camilo Larotta cantó aquella noche, pero no me retiré. Sabía que debía buscar a mi grupo pero tampoco me afanaba hacerlo. Me convertí en uno con la sacudida de mis sentidos excitados. Hacia el término de la canción Juventudes Uribistas, se creó un lapso de respiro y noté que se me había caído el gorro, así que sin perder tiempo comencé a buscarlo pero encontré primero a Yisus, quien estaba igual de libre que yo. Así que el tambien comenzó buscar mi gorro de color gris. En un destello, me separe de él nuevamente porque noté que mi gorro estaba cerca al centro del alboroto y me fui directamente a recogerlo, pero entre caminar y levantar mi gorro, las guitarras de Diego Santos y Sergio Cañon daban pista para el caos absoluto: compra un moño de una luka… en el barrio de las putas… esos son siete baretos… bien armados y contentos… son las siete de la mañana… primer porro de la tanda… son las 12 de la noche…Y ese moño aún responde… Sin pensarlo me agaché a tomar mi gorro y en el mismo instante que mi guardia estaba baja, un desconocido me encajó un puño en toda mi oreja derecha, que aunque no me tumbó, me dejó mareado, con el gorro en la mano y con la cabeza caliente. Pero no había dolor, paradójicamente. No me quedaba de otra que terminar la noche como comenzó: lanzando puños y repartiendo patadas. 

Chite cerró tras tocar la canción de Garavito presidente. En los vacíos que comenzaban a dejar las personas tras retirarse, encontré a Karen y Damian, quienes preocupados por mí me preguntaron si estaba bien y mejor no podía estar. No tenía ni una gota de dolor de aquel puño desmedido y eso solo se debía a la adrenalina y a la marihuana: estaba feliz, cansado, pero feliz. En seguida encontramos a Luan y Yisus quienes estaban junto a Torres y Garcia. 

Los rostros de cada uno confirmaban el éxtasis de una experiencia sinigual y solo había espacio para la frase más recurrente: ¡Ah, que chimba hijueputa! La noche había acabado. 

Y ustedes, ¿Cuál es el concierto que más recuerdan?