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Historias anónimas: Si las paredes hablaran…

por | Abr 15, 2021 | #blogrumba | 0 Comentarios

Dijo un viejo amigo con altas dosis de picardía, y con quien compartí unas cervezas hace unos días, que las mejores rumbas se viven en la intimidad del hogar

Esta semana nos volvemos a quedar en casa, pero no aburridos. Con las últimas restricciones impuestas por la alcaldesa López para controlar el virus — anuncios que parecen chiste cuando por twitter circula un video de Transmilenio desbordado por falta de buses —, nuevamente es un hecho que no podremos salir este fin de semana a disfrutar de la noche en la ciudad. 

Sin embargo, dijo un viejo amigo con altas dosis de picardía, y con quien compartí unas cervezas hace unos días, que las mejores rumbas se viven en la intimidad del hogar.  Y ¿Quién no se ha pegado una farra inolvidable en la comodidad de una sala, con amigos y amigas, y el equipo de sonido a reventar? Pues Diego, aparte de ser mi viejo amigo, es un viejo zorro en este tema y me comentó una anécdota supuestamente para que escribiera.

***

— No parce, es que si le contara. Hace unos días con Ronald, un compañero del trabajo, nos fuimos pa’ la casa de Camilo Zabala, otro compañero del camello pero del horario de la mañana y con quien a veces comparto el mismo turno del sábado. El man vive por San Cristóbal, arriba de la novena.

— Sí, yo he pasado por ahí. 

— Eso, como del Homcenter hacia arriba. El caso… mmm… Espere recuerdo… mmm… eso fue un viernes… ¿Sí? …Si. Pues como le parece que ese día yo iba más porque no tenía plan y quería tomarme mis polas, nada más. En mi cabeza el plan era un plan relajado. Cuando llegamos a la casa, esta era de tres pisos, como azul claro, y tenía una especie de enramada en su frente. Golpeamos tres veces porque no tenía timbre. Esperamos. De repente sonó la puerta abrirse y aparece la mamá de Zabala que nos pregunta a quién necesitamos como enojada, y casi al tiempo con Ronald respondimos: “Buenas noches, somos amigos de Camilo”. — “Ya se lo llamo” — dijo devuelta la mamá y cerró la puerta. Mientras esperamos, se me acerca el güevón del Ronald y me dice: — “La mamá de Zabala es como querida”—, lo que casi termina de hacerme orinar…. Estaba que me estallaba. 

—Jajaja venga, antes de que siga ¿Otra pola?   

(¡Psss! Destapó la cerveza)

—Gracias… Ya estaba seco. ¿Dónde me quedé?

—En que casi se orina jaja

—Eso. Pues después de varios ¡Varios minutos! Salió Zabala: — “¿Qué más sucias? Ojalá fueran así de puntuales para camellar. Pasen, pasen” —“Buena, Cami ¿Qué se dice? ¿Lo cogimos haciéndose la paja? Casi no sale” —” Jajaja ese Ronald…. ¿Qué tal todo, Cami? Acá traemos unas cervezas…Pero ¿me presta un baño?… todo bien”— “Uy, Diego, está que se orina. Ya le digo donde. Pasen, pasen” —respondió, Zabala — “Ahora que llegue el resto, hacemos vaca para comprar algo para toda la noche—. 

— ¿Y sí llegó más gente?

—Espere le sigo contando. Le dije que la casa era de tres pisos ¿Cierto?

—Si… 

—Eso. Pues en el primer piso viven los papás; en el segundo la hermana y él; y en el tercero la terraza.

—¿Tiene hermana?

—Jajaja sí, pero espere le sigo contando. Entramos a la casa. Todo estaba oscuro, pero ya se podía escuchar la música. Atravesamos un pasillo que daba con las escaleras y el apartamento de los padres, pero la puerta estaba cerrada y en toda la noche no nos dijeron nada. 

—Severo, prácticamente tenían la casa sola

—Total. Subimos al segundo piso, que, a diferencia del primero, no tenía puerta sino directamente se encontraba la sala. No había nadie más que la hermana sentada en uno de los sofás amarillos poniendo música desde su celular. Entonces apuntó Zabala: “Listo, compas, acá ya podemos ser. Les presento a mi hermana Johana. Pueden dejar sus chaquetas encima de la mesa” —. Y yo sin buscar nada me di cuenta de que la hermana se quedó mirándome y paila, fue ahí que la noche tranquila se descontroló: “Mucho gusto, Diego”, le dije después de Ronald.

— Jajaja Diego, hermano, usted no perdona una ¿No?

—Jajaja no parce, pero en serio yo no hice nada. Me saludó con una sonrisa corta y una mirada de aprobación. Pero yo ahí en la mía. Sólo pensé que tenía unos ojos muy bonitos. 

—Jajaja Diego, marica, ¿Entonces no pasó nada? 

— Jajaja sí, pero espere le sigo contando. Zabala le subió el volumen a la música como para ambientar más la vaina. Yo me fui al baño a descargarme porque ya no aguantaba más. En lo que volvía noté que Ronald estaba abriendo el six-pack en el comedor. Me acerqué para ayudarle a llevar las cervezas y el güevón me dice: “Jum, pero la hermanita del Camilo le tiró todos los perros ¿no? Lo veo bien mi chan”. Así que le dije:  — “no, parce, es la hermana y es su casa, yo nada de nada”. Pero el güevón resultó teniendo razón. 

—Jajaja chino marica, tome otra pola y ya me cuenta el desenlace que ya casi me toca irme. 

—¡Ishh! Pero no me azare. 

(¡Psss! Destapó la cerveza)

— Volvimos y rotamos las polas. Nos sentamos.  Zabala y la hermana en un sofá, nosotros en el otro, frente a ellos… ¡Salud! Chocamos las latas. Mientras Ronald contaba nuestro día en el trabajo, confirmé lo que me había dicho minutos antes: Johana no me dejaba de mirar.  Usted viera, matiu, de tez blanca y cabello negro…

—Jajaja, pero lo flechó 

—No le diré que no, pero eso ya pasó hace días. Jajaja, además, me enteré de que la nena tiene novio.

—Uy, pero ¿cómo así? ¿Qué tanto pasó?

—Jajaja, no lo vas a creer. Apenas se acabaron las pocas polas, el Ronald le preguntó a Zabala: —“¿Seguro que, si van a venir sus parceros, Cami? Porque por la hora va a ser mejor ir ya a comprar lo que vayamos a tomar, no sea que cierren las tiendas” — Entonces Zabala, se puso a pensar y respondió: —“Sabe que tiene razón, Rony. Mejor me hago la idea de que no va a venir nadie más” —. Pues ya para ese momento eran como las 10 de la noche, matiu, y había toque de queda. De ese modo contamos cuánto teníamos entre todos y reunimos $150 mil pesos. Así que nos paramos los hombres para ir por el trago y Johana se quedó en casa. Nos alcanzó para comprar un tequila, un cuarto de guaro y unas cervezas frías.

—Pero siempre tomaron bastante 

—Si, ese fue el problema. Una vez volvimos a la casa de Zabala, para tener algo que hacer nos pusimos a jugar una vaina de retos para tomar que encontró Ronald en el celular. El maldito juego si o si nos hacía tomar y no eran copitas las que estaba sirviendo Zabala quien era el que repartía trago, aunque a la hermana no le estaba dando mucho porque decía que no sabía tomar.  En un momento de la noche, Zabala se puso tan ebrio que se fue al baño a vomitar sin avisarnos. Ahí fue cuando Johana se me acerca y me dice: — “Mi hermano siempre es así. Se pone a tomar muy rápido y es el primero que cae. Lo más seguro es que esté vomitando” —, lo cual me hizo reír porque al instante empezamos a escuchar el exorcismo.  

—¿Y no le ayudaron?

—Jajaja, claro. Nos fuimos detrás de Johana quien nos pidió que fuéramos ayudarle con su hermano. La puerta se encontraba abierta y desde afuera se podía ver un hombre derrotado por el trago. Entonces lo levantamos y lo llevamos a la cama, donde lo dejamos descansando.  Al volver a la sala, se me acerca la culebra de Ronald y me dice: — “Yo veré campeón, me iré a la terraza a fumar un cigarro. Me manda un mensaje para saber si puedo bajar o no” —, lo cual me dejó sorprendido porque sin mediar palabra se subió. 

—¿Y Johana? 

—Estaba en el cuarto terminando de acostar al hermano.. Pero al volver me preguntó por Ronald y le dije que estaba fumando en el tercero. En ese momento, Johana tomó el cuarto de guaro del cual aún faltaba media caja y sirvió una copa hasta rebosar para cada uno: —“Bueno, va a tocar tomarnos esto entre tu y yo”—.  Matiu, no te miento que en ese momento la noche comenzó a sudar candela. Me preguntó por todo: ¿A qué me dedicaba?, ¿dónde vivía?, ¿qué tan amigo era de su hermano? Etc… Cuando me soltó la bomba: — “¿Bailamos?” — Y yo le correspondí. Creo que sonaron todos los éxitos del reggaetón vieja escuela y nunca nos despegamos ni medio pelo. Sus pulsaciones se mezclaron con las mías. Éramos una sola respiración entre la intimidad de la paredes. El Ronald si se lo tomo muy apecho y el marica no volvió a bajar hasta que nosotros no nos fuimos de la sala. 

—¿Cómo así, amanecieron? 

—Jaja parce, si te contara que ahora me gané un enemigo en el trabajo. Para fortuna mía solo lo veo los sábados. Pero como le dije al hombre hace poco que nos cruzamos: “Si las paredes de su casa hablaran, ahí si enójese gonorrea”.

—Jajaja mucha lampara… 

***

En Waro sabemos que rumbear en casa deja muchas anécdotas que van desde vomitar hasta levantarse a alguien durante la noche, por eso si les gustaría ver su historia de manera anónima bajo nombres de ficción en Blog Rumba, mándenos de manera escrita o en audio, su experiencia más emblemática farreando en una casa a nuestro correo: historias@warocol.com 

Nos vemos el próximo jueves con más descontrol. 

Mateo Caballero
(Bogotá, 1997). Actual estudiante del pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central y creador de la Revista cultural Pequeños Relatos. Ha colaborado con sus escritos para algunas revistas nacionales.

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