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Tiempo de desconectarse

por | Abr 1, 2021 | #blogrumba | 2 Comentarios

Se acaba el primer trimestre del año y las baterías ya se encuentran desgastadas, por eso, aunque hay varias maneras de salir de la monotonía, salir de camping en estos días santos no cae nada mal.

En Waro nos gusta romper la rutina y para esta Semana Santa no hay mejor plan que ir a recargar energías en medio de la naturaleza.  Si usted nunca ha ido acampar o si hace mucho no va — y no tiene muchas lukas— no se preocupe, la columna de hoy lo va a provocar para que no dude en aprovechar estos días santos para desconectarse del desgastante ritmo que nos atraviesa y lo mejor de todo, sin gastar mucho dinero.  

Hace unos años viví una de mis mejores experiencias acampando, junto a mis amigos decidimos embarcarnos rumbo al embalse el Hato, ubicado en el municipio de Carmen de Carupa a unas dos horas y media de Bogotá. 

Sin autos o motos, tan solo con nuestras maletas repletas de comida, alcohol y cobijas, partimos cerca del mediodía, en una flota que nos dejaría en el municipio de Ubaté — lugar conocido por su alta producción de lácteos, zona aledaña al embalse. Una vez compramos el queso allí para la aguapanela de la noche, en la plaza principal tomamos otro transporte que nos acercara a nuestro destino. 

A pocos kilómetros de llegar, las montañas se hicieron dueñas del horizonte, alrededor ya no había espacio para la pálida ciudad y sus ruidos contaminantes. Sobre las 4:00 p.m. arribamos al embalse, por nuestros poros ya se podía sentir la implacable temperatura que en ese momento se mantenía en 10° c. La dicha en nuestros rostros era inmensa, desde la entrada principal se podía divisar los dos atractivos del lugar: su hermosa represa de agua y la casona antigua que ha llevado más de 400 años construida.

Aunque el valor de la entrada era de $4.000 pesos, por presentar el carnet de estudiante el valor fue más económico, lo cual nos agradó. Como nosotros íbamos a acampar, la tarifa para ese año se encontraba alrededor de los $10.000 pesos la noche, un valor que nos sorprendió porque era un poco más alto de lo esperado, pero que, para alegría nuestra, seguía estando a nuestro alcance.

Ya adentro del embalse nos dividimos en grupos y nos pusimos manos a la obra:  Felipe y David se encargaron de la carpa donde dormiríamos todos; Luis de prender la fogata; Juan y yo de buscar la leña que nos daría luz hasta el amanecer.  No obstante, prender la fogata siempre es lo más difícil de hacer, pero a la vez lo que más se recuerda con los años, dado que casi no hay madera o la madera esta mojada o simplemente no estamos de suerte para prenderla, requiere de una alta dosis de persistencia y trabajo en equipo, lo más bonito del plan de acampar.

Ya armada la carpa y prendida la fogata con paciencia, era necesario tomar un poco de calor interno entre tanto frío y empezar a disfrutar por lo que vinimos: Felipe nos repartió una copa de néctar hasta rebozar, sin descuidar no gastarlo todo, ya que más noche se venía el canelazo. Mientras tanto, David con su celular en mano, comenzaba a enlistar canciones que prendieran la noche, reviviendo clásicos como Otherside de los Red Hot Chilli Pappers o Nada de Zoé, así mismo, acomodamos la parrilla sobre el fuego y comenzamos a asar algunos trozos de carne.

A la expectativa de poder comer, las estrellas que nos acompañaban desde el firmamento inspiraron las anécdotas que se cocinaron esa noche al sabor del aguardiente, la aguapanela y un poco de cerveza. En medio de historias de desamor, de comedia; algunas vergonzosas, otras para sacar pecho, repartimos los platos desechables para servir la comida, la cual acompañamos con un brindis para sellar la fraterna armonía de la noche. Considero importante siempre tener un fotógrafo en el grupo, pues en aquella oportunidad Juan, el fotógrafo del parche, nos hizo inmortales tras su lente.

Sentados alrededor de la fogata, el aguardiente y las polas empezaron a hacer efecto. David, el dj de la noche, nos sorprendió a todos cuando de repente puso Muévete de Estado Alterados, lo que nos hizo movernos en nuestros asientos al ritmo del sintetizador de la canción mientras tarareábamos. Con el interés de ver el amanecer, decidimos convertir la soledad del sitio en un karaoke improvisado donde los árboles y la represa se prestaron de público. Cerca de la media noche sonó Tabaco y Chanel de Bacilos, momento cumbre en el que dejamos ser cinco amigos para ser un solo canto entre tantas estrellas; algunos acompañaban el compás de la canción con el golpe de sus palmas, otros danzaban alrededor de la fogata. 

A pesar de que intentamos esperar el alba, para que Juan tomara algunas fotos, una fuerte llovizna nos sorprendió cerca de la una de la mañana. Nos vimos obligados a llevar la fiesta a la carpa y allí seguir contando nuestras historias, cantando y tomando.Por suerte habíamos alcanzado a hacer el canelazo y eso generó que duráramos un poco más hablando, no obstante, uno a uno fuimos cayendo profundos producto del agotamiento de la jornada.  Sin embargo, acampar no es precisamente el mejor lugar para tomar una siesta y menos en tierra fría, así que, muy temprano, con algún rumor de resaca, sobre las 6 a.m. ya estábamos despiertos. 

Si notarlo, nos levantamos antes que las nubes. A nuestra redonda podíamos ver el cielo reposar en la superficie de la represa, lo cual llamó nuestra atención porque nunca habíamos estado entre tan niebla. Fuimos testigos, además, de cómo con el transcurso del día se fueron elevando las nubes hasta su pico más alto y dar paso al picante sol del altiplano. 

A diferencia de otros embalses, el Hato, es poco concurrido y eso hizo la experiencia más cómoda, pues a pesar del concierto de la noche anterior, no hubo nadie para quejarse. Con el fin de aprovechar la mañana antes de marcharnos, decidimos conocer la casona insignia del lugar, lo cual nos llevó a recorrer gran parte del embalse, y aunque no pudimos conocerla por dentro por temas de mantenimiento, pudimos notar que el embalse ofrece distintos planes para hacer como remar en canoa o hacer recorridos ecológicos.  

Devuelta, al llegar a nuestra carpa, hicimos un poco más de aguapanela para desayunar con el queso que no habíamos gastado la noche anterior. En hermandad, sin afanes y un gran ambiente de calma, comimos viendo el paisaje del embalse. Una vez reposamos, nos dispusimos a levantar las latas de cerveza, las copas de aguardiente, los empaques de comida, entre otras cosas, sabíamos que a pesar de que teníamos que marcharnos, el Hato jamás iba salir de nuestros afectos. 

¿Y ustedes qué plan nos recomiendan para esta Semana Santa?

Mateo Caballero
(Bogotá, 1997). Actual estudiante del pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central y creador de la Revista cultural Pequeños Relatos. Ha colaborado con sus escritos para algunas revistas nacionales.

2 Comentarios

  1. Sirena Morena

    Acampar es una de las aventuras que ningún ser humano debería perderse y donde sin duda alguna nos re conectamos con nuestra chakra raíz para tener más claridad y libertad de energías. Lo que más me gusta de acampar con mis amix es cuando nos ponemos a bailar y cantar descalzas rodeando el fuego mientras nos liberamos de todo y nos sentimos BRUJAS. Magnífico

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    • Admin_waro

      Saludos desde la nave de Waro Colombia, nuestro equipo se la pasa acampando ah ? jajajajajaj y si hacemos un festival con acampada y todo….

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