Seleccionar página

Un mundo distinto: Estéreo Picnic

por | Mar 24, 2021 | #blogrumba | 0 Comentarios

Es una experiencia que va más allá de la música, es rozar el cielo sin despegar los pies de la tierra; es abandonarnos a nuestros sentidos mientras nos fundimos en una comunión de ritmos cardiacos cantando al unísono.

Esta semana se cumplieron cuatro años de la primera y única vez —hasta ahora— en que pude ser testigo de un mundo distinto, el magnífico Festival Estéreo Picnic (en adelante FEP), que por una década ha reunido lo mejor de la escena musical mundial, y que sólo a excepción del año pasado por temas de confinamiento, no se pudo realizar.

Para aquella edición del año 2017, el festival reunió un line -up de infarto, y confirmaba de manera consecutiva su rótulo como el mejor festival nacional y uno de los mejores a nivel sudamericano. El infortunio de no tener dinero me había quitado la posibilidad de asistir a las ediciones pasadas, lo cual me hacía sentir conmigo una deuda pendiente, me aburria saber que mis bandas favoritas como Kings of Leon, Red Hot Chili Peppers o The Killers habían pasado por estas tierras y no pude presenciarlo.

El cartel que se anunció para la octava edición, después de una larga etapa de creyentes, para mediados de octubre del 2016, avisaba de manera solemne la participación de artistas como The Strokes, The Weeknd, Martin Garrix, Rancid, Cage The Elephant, Wiz Khalifa o The xx, entre otros. 

Fue una decisión difícil tener que escoger un día de los tres que ofrece el festival, y más entre tantos nombres importantes, pero así me tocó. Me acuerdo el día que me acerqué a comprar la boleta, iba junto a Daniel, un pana con quien habíamos quedado de ir al mismo día del FEP, dudé mucho si ver a The Strokes o Cage The Elephant, pues Daniel había decidido ir al primer día del festival que era el jueves. Y no estaba mal, ese mismo día se presentaba Rancid, The xx y cerraba en el escenario principal The Weeknd, pero por mi parte no pude dejar de lado el vínculo que hacía varios años había creado con The Strokes desde que escuché su canción Under Cover of Darkness (amparo de la oscuridad), así que elegí el viernes —y ahora que busco datos sobre aquella edición y encuentro que ese día se rompió récord en asistencia, pienso que muchos decidieron por razones como la mía—. 

La emoción de tener la boleta me hizo sentir eterna la espera hasta marzo, sin embargo, a falta de una semana para el festival, los días se fueron volando gracias a que David, otro pana, al ver mi post en Instagram sobre la boleta, me avisó que también asistiría solo el viernes, así que pasábamos tardes hablando de The Strokes, imaginando emocionados la dicha de escuchar a Julian Casablancas cantar temas como “Someday” o “Last Nite”. 

Cuando llegó el día del concierto el impredecible clima bogotano se hizo notar.  Casi toda la mañana había llovido en la ciudad y el Parque deportivo de la 222, donde se realizó el festival, era un lodazal. Sobre las 6:30 de la tarde, después de superar un trancón casi interminable, junto a David, ingresamos a un mundo distinto o por lo menos así, entre letras enormes de color purpura y azul cristalino, se podía leer al entrar.

Una de las virtudes más destacables del FEP es la gran logística que hay detrás o así lo sentí esa noche. Dentro, había carpas para distintos espacios: si quería comer, bailar, besar, hablar, reír o simplemente ponerse psicoactivo, se podía hacer, era el lugar perfecto para salir de la cotidianidad. Una vez el reloj marcó las 7:00 p.m. a la tarima del escenario Budweiser se subió la banda galesa Catfish and the Bottlemen, que con un estilo bien rockanrolero demostró que si se pude bailar todavía al riff de un guitarra. 

La noche ya mostraba lo que sería una jornada al ritmo del rock alternativo, pues, una vez acabó el show en la carpa de Budweiser, en la tarima del escenario Tigo la fiesta continuaba con Silversun Pickups, y loque faltaba. El comienzo no fue el mejor para la banda californiana debido a problemas con el micrófono de unx de sus vocalistas Nikki Monninger; además, la lluvia nuevamente se asomaba por el Parque de la 222, no obstante, repuntaron con su éxito “Laze Eye” y las gotas tomaron un sabor especial.

A las 9:00 de la noche abandonaron el escenario Silversun Pickups, pero en la plaza Budweiser, desde Australia, nos visitaba Vance Joy con su única compañía: su guitarra. Para refrescar la garganta compramos dos Monster bien fría. David se fumó un Malboro, yo prendí un porro.  

El uso de colores en hongos gigantes y reflectores por todo el parque, tiñeron el ambiente de armonía y nos sincronizó con una experiencia memorable. A las 10 de la noche el lugar ya se acercaba a su aforo máximo, era difícil caminar, debido a esto y con el interés de ver lo más cerca posible a The Strokes, sacrificamos la presentación de la banda irlandesa Two Door Cinema Club.

Una vez Flume —otro artista australiano que nos visitó para aquella edición—, empezó a tocar en la plaza principal de Tigo, tomamos un puesto cerca de la zona VIP. Durante una hora disfrutamos al ritmo de irregulares beats que explotaron mi cabeza hasta convertirla en un universo de sonidos. 

Acabo el deleite del house y solo restaba esperar a que The Strokes subiera a la tarima. Ya no cabía un alma y era imposible moverse entre tantas personas. La expectativa de meses estaba a punto de terminar, la felicidad de ver una de mis bandas favoritas me consumía. Se demoraron más de lo esperado en salir al escenario y el ambiente estaba a punto de estallar en ríos de ansiedad. Cerca de la 1:30 a.m. salieron a calentar Nikolai Fraiture (bajista) y Albert Hammond, Jr. (guitarrista), de inmediato el público estalló en euforia y el grito que se escucharía en ese instante sería el mismo que se escucharía toda esa madrugada: … ¡The Strokes! … ¡The Strokes! … ¡The Strokes!

A los minutos salió el resto de la banda. Nick Valensi (segundo guitarrista) y Fabrizio Moretti (baterista), tomaron su posición y detrás ellos, de gafas negras y camisa larga, Julian Casablancas. Éste, una vez tomó el micrófono, dio algunas palabras de presentación para complacer a un público que nunca se cansó de gritar su nombre hasta el desgarro —confieso haber sido uno de ellos—. 

Durante más de una hora vibré con los clásicos de la banda neoyorquina que de principio a fin nos brindaron un espectáculo de otro mundo. El juego de luces que acompañó cada uno de sus grandes éxitos como “The Modern Age”, “Soma”, “Somday”, “Last Nite” o “Reptilia”, por mencionar algunos, hizo de esa madrugada una experiencia que va más allá de la música, fue como rozar el cielo sin despegar los pies de la tierra; me abandoné a mis sentidos mientras me fundía en una comunión de ritmos cardiacos cantando al unísono.  Entre aplausos se acabó otra experiencia inolvidable del Festival Estéreo Picnic de la cual pude ser testigo.  

Hasta el momento, el 10, 11 y el 12 de septiembre se va a realizar la undécima versión del Festival Estéreo Picnic ¿Va a ir?  

Mateo Caballero
(Bogotá, 1997). Actual estudiante del pregrado de Creación Literaria de la Universidad Central y creador de la Revista cultural Pequeños Relatos. Ha colaborado con sus escritos para algunas revistas nacionales.

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *